jueves, 12 de agosto de 2021

BOYACA Y LA ENCRUCIJADA DE LA CIVILIZACIÓN

 BOYACA Y LA ENCRUCIJADA DE LA CIVILIZACIÓN

Nada ha sucedido como se esperaba, o se decía esperar esa es la suerte que nos condena, quizá sea la lógica de la propia incertidumbre o el fracaso del modelo desarrollista que hace sesenta y siete años con la construcción de Acerías Paz del Río nos vendió a los boyacenses el sueño europeo, el paso de la agricultura a la industria, camino para alcanzar la civilización.  En octubre de 1954 iniciaba labores la empresa acerías paz del rio, que con su técnica y maquinaria llegaba a cambiar nuestro destino. El propio Fals Borda afirmaría  “Más un buen día,  cuando se descubrió hierro en la montaña, el Departamento pareció sacudirse de su letargo, y al fin cayó en cuenta de su atraso: Boyacá se ha colocado actualmente en la encrucijada de la civilización. De pronto, sin previa preparación, la mayor industria de Colombia, las Acerías Paz del Rio, empieza a crecer en su seno”.  

Para la naciente sociología colombiana este era el escenario privilegiado a la luz de los marcos teóricos dominantes. Enfrentar el desafío de estudiar una sociedad en transición, de una presente etapa rural, marcada por solidaridades mecánicas a una más compleja con solidaridades orgánicas.  El maestro Fals Borda asume la tarea en un departamento  donde “el depender del suelo para vivir parece que ha sido el cemento que ha mantenido incólume la estructura social” y agregaba ““ahora al borde de una revolución industrial, Boyacá está experimentando mutaciones en la base social, quizás por primera vez durante los últimos cuatrocientos años”

Como entretejiendo caminos en esta misma época el más grande escritor colombiano, Gabriel Garcia Márquez, de igual manera atrapado por la “magia y el milagro” será también testigo de la “hermosa locura” que invadía a los boyacenses. Gabo un novato reportero de 27 años,  realiza una crónica, en octubre de 1954, para el periódico el “espectador” sobre Belencito.  Asombrado ante la industria que convierte naturaleza en desarrollo escribió alrededor de los vertiginosos cambios de la siderúrgica  sobre un pueblo y departamento eminentemente rural y campesino.

La siderúrgica está a cinco días de su inauguración, cuando Gabo escribe la crónica y  Belencito  es “una ciudad moderna, ruidosa y confuso cosmopolitismo”, donde sin lugar a dudas los boyacenses construiríamos un nuevo amanecer, en un departamento dormido en el campo para abrir paso al progreso; el propio Garcia Marquez afirma en la crónica que Sogamoso “en poco tiempo...será un gran mercado de cosas de hierro y acero, desde alfileres hasta locomotoras”. Todo cambiará, con la certeza que lo que ocurrirá será mejor.

Belencito, en un “confuso cosmopolitismo”, donde predominan Franceses y Mexicanos, en su mayoría ingenieros, es epicentro del encuentro de un conjunto de subjetividades, culturas e idiomas. Gabo a través de los galos hace una descripción de ese encuentro de dos mundos, tan lejanos pero que acercaba Belencito con su frenesí de maquinarias pesadas e ingeniería de frontera, transformando a su paso  esa cultura campesina anidada en los boyacenses.

No hay duda son años de un sueño, como los muchos que hemos construido, donde la convicción de un mejor mañana nunca permitió la reflexión serena de lo que caminábamos. El propio Fals Borda advierte “No significa esto descontar la fuerza de las tradiciones que aferran al boyacense a su pasado; ellas continúan en dramática competencia con las nuevas formas, aunque parece que en esta avalancha lleva todas las de perder” y agrega “es casi ineludible que los problemas que surgen de la ecuación hombre-tierra se conviertan para Colombia en la enfermedad social del siglo”.

Hoy cuando retumban las voces de protesta de los “sumisos” campesinos boyacense, y de los trabajadores del sector siderúrgico,  pensamos que la primavera boyacense  es solo la expresión de un acumulado de fracasos donde nadie escapa de responsabilidad.

La promesa de un Boyacá industrial no dejó de ser otra ficción, acerías, sin negar aportes sociales; económicamente es otro fantasma sin reposo. Acerías Paz del Río hasta hoy nunca ha tenido paz, desde sus inicios la misión Currie se opuso a la construcción de la siderúrgica por la localización de la planta propuesta, por una parte, y la pequeñez del mercado, por otra, “hacen prematuro y no aconsejable en este momento la construcción de cualquiera de los dos proyectos de planta integral de acero en Belencito”; propuso en su reemplazo una planta de tratado de chatarra en la costa Atlántica, dada su posición geográfica. Años más tarde el exministro de Hacienda  Eduardo Wiesner,  en un análisis sobre los orígenes de Paz del Río, publicado en 1963 afirmó: “En un país eminentemente político, una decisión, que afectaba directamente a un departamento primordialmente político, causó, naturalmente, gran agitación política. Así, el nacionalismo, el regionalismo y la política partidista entraron a ser factores determinantes, llegando finalmente a competir en importancia con los mismos factores económicos”.

Durante los 10 primeros años, la operación de la planta de Paz del Río fue  un desastre, evidenciando que el país no podía dar el salto a la revolución industrial abreviando etapas tecnológicas mediante decretos oficiales.  El modelo de sustitución de importaciones y a la sombra del Estado, con altibajos, será testigo de los logros de la Empresa pero los vientos librecambistas expondrán a una vulnerable siderúrgica a las lógicas del mercado donde hasta hoy no se ha levantado. En julio del año 1998, el Sindicato Antioqueño, su principal accionista decidió regalar las acciones que tenía en la empresa y de esa manera hizo accionista mayoritario al departamento de Boyacá, primero a través de la incubadora de empresa Productividad y luego al Instituto de Desarrollo Infiboy.

La decisión del conglomerado antioqueño no es un acto de filantropía sino parte de la racionalidad económica y de la realidad de la empresa. Durante los años 2006-2007 se va registrar un aumento de los precios del acero, lo que conducirá a su venta a un conglomerado brasileño en el año 2007. Una oleada de riqueza pasajera y las promesas de renovación tecnológica evocaron el Belencito de Gabo, pues la compañía adquirió las acciones a los trabajadores y pensionados “Desde que los aproximadamente 4.400 trabajadores y pensionados de Acerías Paz del Río que recibieron en total 702.000 millones de pesos, Sogamoso se inundó de plata en efectivo y la prueba reina de esta bonanza son los carros nuevos, pero también los usados que han llegado a las calles de una ciudad en la que los trancones comienzan a ser moneda corriente”, revista semana. 159.545 millones recibió cada pensionado y trabajador.

La empresa afirma que en el 2013 registró pérdidas 232.699 millones y los trabajadores reclaman la renovación tecnológica prometida. Continuamos esperando la segunda oportunidad sobre la tierra y el Sogamoso que soñó Gabo donde “en poco tiempo...será un gran mercado de cosas de hierro y acero, desde alfileres hasta locomotoras”.

Pero si estas estirpes no han tenido sosiego los campesinos menos.  Sobre sus espaldas lleva los males de un país agudizado por el histórico menosprecio, pues estigmatizado siempre fue relegado al polo del atraso y lo tradicional. La exaltación de lo citadino como sinónimo de progreso y modernidad solo contribuyó a alimentar la creencia que sobre ellos recaía la culpa del subdesarrollo. Hoy, que la ruana es propuesta como símbolo nacional y hasta algunos han propuesto un lugar en el escudo nacional, nos preguntamos donde cabe tanta hipocresía y oportunismo, en ocasiones, en este país.

La falacia de un mundo mejor en la ciudad conllevó a concentrar los esfuerzos en las urbes conduciendo al olvido del sector rural y condenando al campesino a la indignidad como se evidencia en los campos boyacenses. Esta fue la gran preocupación de Fals Borda a través del hombre y la tierra en Boyacá “la meta principal de la reforma agraria debe ser el bienestar socio-económico que viene con el aumento parsimonioso de la producción, y la superación física y cultural del hombre del campo como elemento indispensable para la prosperidad nacional”

Aquí hay un presente de rabia acumulado por años de olvido y de lo que se trata es de replantear el rumbo. Permítanme hacer una serie de consideraciones para evidencias la situación, a través de dos variables que abordo en el libro: pobreza y despoblamiento. Según datos de Fals Borda, en 1954 Boyacá era el departamento más analfabeta de Colombia y el más atrasado en asuntos de vivienda y servicios públicos, pues las viviendas en un 99,7% no contaban con baño, 99,4% sin agua  y el 99,6 sin luz. Saben Ustedes que en el 2002 el 67.2% de los boyacenses vivía bajo la línea de pobreza mientras el promedio nacional de pobreza era de 49.7%, lo que significa que nuestra pobreza era superior en 17.2 puntos porcentuales a la del país. La extrema pobreza  alcanzaba la indignante cifra de 39.2%, es decir  487,762 habitantes coexistían en la miseria. El promedio nacional registraba el 17,7% y ocupábamos el último lugar dentro del escenario nacional. De igual manera era el departamento más desigual en el ingreso de acuerdo al coeficiente GINI, con el 0.595. Hoy la pandemia borró años en la superación de la pobreza. La pobreza monetaria en Boyacá llego al 39,8%, es decir 512.755 personas viven bajo la línea de la pobreza. En un año 54.300 habitantes pasaron a la pobreza. La pobreza extrema llegó al 14,9 en el 2020, con un incremento del 7,6%, aquí en términos de diferencia el departamento fue el cuarto en mayor incremento comparado con el país. 191.304 personas viven bajo la extrema pobreza, en un año ingresaron a esta condición 97.715 habitantes. En términos de la pobreza monetaria fue la extrema pobreza la que más retrocedió y por ende la de mayor impacto negativo de la pandemia. Los datos son números pero cada uno de ellos representa seres humanos que claman intervención del Estado y la sociedad para superar la indignidad la que viven

Otra manifestación aguda de los problemas del sector rural es el despoblamiento boyacense; por ejemplo si comparamos el periodo intercensal 1985- 2015, de los departamentos de Nariño y Boyacá, similares por sus características, en el primero (Nariño) el 38% de los municipios la población disminuyó, mientras el segundo (Boyacá) alcanzó el 67%, es decir 82 municipios del departamento perdieron población. 179.726 Boyacense migrarán de 1985 a 2020, siendo con Caldas los dos departamentos con mayor tasa de migración. Desde luego que no solo son causas económicas las que marcan el desplazamiento, sin lugar a dudas tenemos un departamento con una rica tradición de migratoria desde comienzos del siglo, como las registradas hacia Caldas y Tolima, en los años 30 causa de la violencia o las oleadas migratorias Bogotá donde confluyen los más diversos factores. En un documento que remitimos a los actuales mandatarios, como aporte en la construcción de sus planes de desarrollo les recordábamos que entre el 2012-2015, en Colombia  la población crecerá en el 3.46%, mientras Boyacá solo lo hará en el 0.414%. Para el periodo 2012-2015, tendremos 15.216 jóvenes menos, es decir población de 0 a 26 años. Por el contrario, en este mismo periodo, crecerá la población mayor de 60 años en 10.738  habitantes.

El panorama es complejo, dados los problemas, entre otros,  de tenencia de la tierra, paradójicamente en Boyacá no es concentración sino minifundio, rezago tecnológico y la violencia interdependiente con el despojo. Son problemas estructurales donde es necesario un esfuerzo colectivo e integral y que requieren de medidas de corto y largo plazo. Por ello la importancia de un proceso de paz que ponga fin a esta historia de conflicto armado, el cual ha tenido como escenario principal el campo.  Una Colombia en paz tendrá como principal beneficiado al campesino, desde luego si estamos a la altura para asumir el desafío, lo cual conlleva a ese compromiso social y académico que pregonó Fals Borda. El sociólogo afirmo, en el libro el hobre y la tierra en Boyacá, “Es posible que, con el retorno a la paz, aquellas relaciones que emergen de las relaciones que existen entre el colombiano y su tierra vuelvan a ocupar, sin mimetismos, el primer plano”  

Nuestro pecado es convertirlo todo en polémica como justificando nuestra inercia, vivimos más de la pasión que despierta una ruana que de un ejercicio de lo que queremos como nación.